Lecciones maestras a pie de agua.

 

Hoy he vuelto a pensar en él, frente a su tumba donde dejo flores un domingo de cada mes. A mi padre nunca le hubiera gustado que le dejara flores pero esa fue la orden de la mujer que lo amó toda su vida, mi madre, que ahora yacía a su lado.

Recuerdo que yo tendría unos once años, una edad en la que tenía por costumbre cuestionarlo todo. Estábamos en la orilla del río, aquel que tantas alegrías le daba en forma de truchas. Cada domingo, tras visitar la iglesia, mi padre sacaba su caña de mosca de la funda y se perdía entre las aguas plácidas del río y sus peces. Ese día quise acompañarlo, pues la idea de juguetear con las piedras del río me atraía como a cualquier niño de corta edad. Él estaba sentado en un claro de hierba, apoyando su espalda en una gran roca, a escasos centímetros del agua. Tras varios lances decidió descansar, leer su libro de San Juan y mirar al cielo. Quiero pensar que para imaginar a su amada o intentar hablar con el Señor, que sé yo.

Me acerqué, se quitó el sombrero, cerró su libro y dio unas palmadas en la hierba, obligándome a sentar junto a él. Me acarició con ternura mi pelo rizado mientras los dos reímos a carcajadas. Y lancé mi pregunta:

-Padre, ¿por qué pesca?

Por unos segundos me miró, pensativo, meditando quizá una respuesta que pudiera entender a mi temprana edad.

-Verás Lucas. Cuando estoy en el río, metido en el agua, rodeado de unos seres tan hermosos como las truchas, soy uno más dentro de este cuadro hermoso que Dios pintó para nosotros. El cielo, los árboles, el suave sonido del viento…todo cobra sentido. El canto de los pájaros me invade y me siento parte de la naturaleza. La amo y nunca le haré mal. Denunciaré a quien sí lo haga y lucharé por salvaguardarla de los abusos económicos y egoístas de los hombres. Y no pienso, mi mente se concentra en mi plan, engañar a un pez. Necesito buscar en mí esa constancia, esa lucha por la meta. Aprendes a perseguir tus sueños e ilusiones. Y cuando consigo que un pez tome mi mosca… ¡Oh Lucas! Es una lucha de poder a poder, con respeto, como deberíamos hacer en nuestra vida cotidiana, sin vanidad ni egoísmo y sí con mucha honestidad. Después puedo decidir con total libertad, la que nadie nos debería prohibir, pues somos libres para tomar nuestras propias decisiones, sobre si devolver mi preciosa trucha viva al agua para cuidar la biodiversidad del río o quizá cenarla en familia. No es un pecado matar un pez para alimentar a tu familia si abundan en el río. Es un regalo.

Lo reconozco. Miraba a mi padre como si fuera un ángel o un héroe. De hecho, siempre lo fue para mí. Prosiguió:

-Amo la pesca. Ya los discípulos de Jesús eran pescadores en el mar de Galilea. Pescar te hace ser mejor persona y crecer con unos valores adecuados con el mundo que nos rodea. Si no lo eres, es que eres un mal pescador.

Tras esas últimas palabras, se levantó, regresó sus ojos al cielo, suspiró y se metió de nuevo en el río.

Y yo, hoy día, y gracias a mi padre, me considero un gran pescador y una buena persona.

 

#Nota del autor: El título de este relato es obra de Jhoanna Bolívar (http://mundorelatos.com.ve/), la persona que me inspira a diario.

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