El montañero pescador (9). Hotel Pumori.

Cuando hablo de uno de mis sueños cumplidos, un torrente de emoción me recorre el cuerpo, ya que mi querida hermana fue una de las personas que más me apoyó para lograrlo. Aunque para ser justos he de mencionar que las agradables gentes de Cooper Landing, algunas muy influyentes, también se alegraron por tratarse de un proyecto que podía dejar mucho dinero en el pueblo y me ayudaron en todo lo posible.

Trabajamos duro ese invierno. No lo recuerdo como el más frío, si bien April se acabó convirtiendo en toda una experta en cortar leña para mantener la chimenea de la cabaña encendida a todas horas. Cuando finalizó sus vacaciones, regresó a Búfalo para despedirse de su trabajo y tras solucionar algunos trámites regresó para comenzar una nueva vida en Alaska, trabajando junto a mí en las obras de restauración de la vieja casa que queríamos convertir en el hotel de montaña más bonito de la zona. Nuestra idea era clara, pues queríamos un hotel donde los clientes se pudieran sentir cómodos, encontrando un pequeño espacio de calidez y confort en medio de la naturaleza más salvaje, pero sin perder la esencia de la montaña. Ocuparnos de los acabados exteriores de la casa no fue tarea complicada, ya que era un edificio viejo pero seguía manteniéndose firme ante las inclemencias del clima. La madera de abeto era la materia prima principal con la que estaba construida así que pintamos de blanco el tercio superior y barnizamos el resto de las paredes que más desgaste tenían a causa del hielo y el sol en color caoba. Los bonitos balcones que daban al exterior de todas y cada uno de las habitaciones también necesitaron un arreglo extra y colocamos ventanas de aluminio en las habitaciones de los huéspedes con porticones nuevos de madera, algo que April creía que le daba un toque de romanticismo muy especial a las mañanas, cuando uno al despertar, abría de par en par esas ventanas para dejar pasar la luz y la reconfortante brisa del Kenai.

Mi hermana es una persona muy trabajadora y había que verla; no se amilanaba ante nada. Hacía unas semanas estaba tecleando sistemas en el ordenador de una acomodada oficina y ahora estaba encaramada a una larga escalera, pintando y barnizando nuestro hotel como si lo hubiera hecho toda su vida. Pero donde más me impresionó es en lo bien que se le daba el diseño de interiores, pues al final, la idea que yo tenía de cómo debían ser los acabados en las habitaciones acabó siendo aburrida y sin un sentido alguno del orden. April se hizo cargo de toda la decoración, distribución de cuadros, camas y figuras decorativas, y en lo único que me dejó participar fue en los nombres de cada una de ellas. Dos eran mis favoritas: La Denali y Roraima. No solo por su nombre si no porque su decoración interior estaba dispuesta para que te sintieras a los pies de la montaña de mayor altitud de Norteamérica o frente a una de las montañas más hermosas de Venezuela.

Pienso que hicimos una gran labor. Hasta día de hoy, los clientes están encantados y algunos son asiduos. El hotel dispone de tres plantas con doscientos metros cuadrados cada una. En la planta baja tenemos la recepción, donde April siempre tiene una sonrisa que regalar, y el pequeño apartamento donde ella hace vida que consta de una  habitación, cocina y salón con chimenea. A la derecha de recepción, junto a la escalera de caracol que sube a los pisos superiores encontramos un pequeño y confortable salón con sofá, chimenea y estanterías repletas de libros donde los clientes pueden relajarse tras una buena ruta en los montes. La madera y las imágenes más representativas de Alaska y la zona del lago Kenai lo invaden todo. Las habitaciones de los clientes se encuentran en los dos pisos superiores, cuatro en cada planta y cada una con su magia particular. Algo que me llamó desde un principio la atención de la casa es su estratégica situación, a tan solo cien metros de la ribera derecha del río Kenai, que en esta zona comienza a ralentizar sus aguas dada la proximidad del lago. Un camino bordeado de algunos abetos conduce desde el hotel hasta el muelle donde esperan las canoas que tanto gustan a los visitantes de esta zona. En el exterior del hotel, justo donde comienza el camino, construimos un pequeño leñero y un cobertizo para guardar los útiles de montaña y de la casa. Además, los clientes pueden realizar un agradable picnic en las mesas rústicas que nos construyó el señor Sullivan, posiblemente el mejor carpintero que conozco.

Sí, siempre estaré orgulloso de cumplir ese sueño. ¿Y por qué lo llamamos Hotel Pumori? Otra de las pequeñas licencias que me permitió April. El Pumori, también conocida como “la hija de la montaña”, es una esbelta montaña del Himalaya y quizás las más bonita del mundo. Su nombre se lo dio el famoso alpinista George Mallory. Es una cumbre muy  complicada de ascender pese a sus 7.161 metros de altitud, pues no en vano es una montaña que se ha cobrado demasiadas muertes en todo el Techo del Mundo. Pero la extraordinaria vista hacia todo el Himalaya y en especial hacia el Everest, es insuperable, por ello vale la pena arriesgar la vida en conquistarla. Yo lo hice, y tras vivir en mis carnes los peores miedos que un alpinista puede sentir en la montaña, coroné su cima, siendo junto a otras dos cimas de más de ocho mil metros, mis mayores logros en alpinismo.

Nos esforzamos mucho durante seis meses en el hotel y April también me mostró otras facetas suyas. Había vivido demasiado tiempo alejado de mi familia y mi hermana ya no era una cría. Era fanática del orden y de una rutina diaria metódica. Cada día desayunábamos juntos en la cabaña, café, leche de avena y algún bizcocho casero y tras unos revitalizantes ejercicios mañaneros, corríamos varios kilómetros por los senderos del lago, muchos de ellos cubiertos de nieve, algo que a April no le importaba y se aficionó a correr con raquetas de nieve, ante la incredulidad de algún lugareño que no lograba entender por qué corríamos con unos artilugios que precisamente se habían diseñado para caminar plácidamente por la nieve. Yo opinaba lo mismo. Justo antes del almuerzo trabajábamos un par de horas en el hotel, “para hacer hambre” como decía April y tras seguir ocupados por la tarde, acabábamos cenando en la cafetería del Katy y viendo una buena película en el sofá de la cabaña. Nunca he sabido de dónde saca tanta energía mi hermana. Es un torbellino.

 

Con el hotel acabado y la llegada de los primeros clientes, esa rutina cambió un poco, obviamente. Llegó mayo, pero aún había nieve y hielo en zonas altas, con lo cual pude programar algunas salidas con raquetas de nieve. El lago Kenai tenía menos hielo que otros años y era navegable en canoa casi en su totalidad. Y comenzaban a despertarse los más bellos senderos para alegría de los turistas y clientes del Pumori.

Una de las mañanas en las que no tenía ninguna salida, viendo como la naturaleza te llamaba a disfrutarla en toda su grandeza, decidí dejar a April con algunas tareas de administración del hotel y me dispuse a investigar algunas rutas por el Hidden Lake, el lago escondido, como bien dice su nombre. Quizá no esté situado en un lugar muy secreto pero dada la proximidad de otros lagos de mayor tamaño, sigue guardando ese aire de misticismo y la mayoría de visitantes son fanáticos de la pesca en busca de grandes peces y tranquilidad y son muchos menos los senderistas. Cogí lo necesario para pasar una agradable mañana a sus orillas. Mis inseparables botas de montaña, un mapa y la cámara de fotografiar. Pero regresé con algo más. Con el corazón latiendo como no recordaba, con la sensación de que mi destino me había sido revelado. La culpable fue ella: Yara.

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