El montañero pescador (8). Cambio.

Recuerdo la llegada del mes de octubre como un punto de inflexión en mi vida. Mi rodilla estaba prácticamente recuperada. Mi plan de recuperación había sido todo un éxito y estaba orgulloso de haber conseguido lo que me prepuse. Volver al cien por cien y hacerlo en mi cabaña, donde todo cobraba sentido. Bien es cierto que tras la lesión algunas cosas no iban a seguir igual. Días atrás regresé a Búfalo para una última revisión de la rodilla y aunque aún no tenía los resultados, sabía de sobras que mi vida profesional de alta competición estaba acabada. Aún y así, el orgullo por salvar mi rodilla, me permitió dormir las siguientes noches en la cabaña, como nunca antes. Era una dulce recompensa, horas y horas de sueño reparador y tranquilizador nocturno provocaban que me despertara cada día con una sonrisa inmensa.

Una mañana, quizá serían las 9, no lo recuerdo bien, un aroma de café recién hecho me despertó de mis profundos sueños. April.

Tal como dormí, tan solo con unos bóxers, bajé las escaleras de madera que separaban mi habitación de la planta baja de la cabaña. El suave crujir de la madera provocó un escalofrío de emoción a mi querida hermana. Estaba sentada en las escaleras del porche y la fría mañana se colaba por la puerta haciendo estremecer mi cuerpo semi desnudo. April miró tras su hombro y me dijo:

-¡Wow hermanito! Me emocionas. Pero vístete que no estamos en la playa o no te invito a un café.

No le dije ni una palabra, tan solo la abracé por la espalda y la besé en sus ruborizadas mejillas.

Me vestí con rapidez con unos pantalones negros de montaña, una camiseta interior y un forro polar de color azul oscuro. Y mi querido gorro de invierno de lana gris, que años atrás me regaló amablemente la dueña de un hospedaje en el Himalaya, ya que el frío comenzaba a dejarse notar. Toda la zona de costa occidental de Alaska posee un clima oceánico, sin el rigor extremo de las temperaturas de zonas interiores, pero se acercaba el invierno y éste a pesar de ser más suave, podía hacerse muy largo.

Cogí una taza de café y me senté en el porche junto a April. Le di un suave golpecito, hombro con hombro y la miré con cariño antes de decirle:

-¿A qué debo esta sorpresa?

April me dio un sobre que tenía en su regazo.

-Tengo unos días de vacaciones y ya que el doctor Hammond tenía los resultados de tu última prueba, he decidido traértelos yo misma. Además, a esta cabaña le vendría bien un toque femenino- dijo arqueando sus cejas.

-Me haces muy feliz April.-suspiré – Has llegado en el mejor momento.

Abrí el sobre, observé la radiografía a contraluz y leí la carta. Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro.

-¿Buenas noticias?- preguntó mi hermana.

-Tú siempre traes buenas noticias- le contesté brindando con nuestras tazas de café.

-Quizá no siempre- dijo ella con una gran carcajada.

Joanna me vino por un instante a la mente y tras la decepcionante noticia que meses atrás me dio April, rara vez apareció por mi cabeza, incluso en los momentos de mayor soledad. Vivir en mi cabaña es un sueño pero me aterra la soledad. La temo.

Miré a April con extrema felicidad. Iba vestida como a ella le gustaba. Con ropa de montaña pero con su propio estilo, fresco y divertido. Una trenza se dibujaba en su largo cabello. Miraba melancólica hacia el lago mientras sus manos se calentaban con la taza del café.

-Espero que te quedes muchos días- le dije tras un cómodo silencio.

April trabajaba de administradora de sistemas informáticos en una importante empresa en Búfalo y a pesar de que era la persona más valorada en su puesto de trabajo, tenía la gran suerte de contar con largas y merecedoras semanas de vacaciones, las cuales las pasaba lejos de casa perdida entre sus bosques y las montañas. Por un momento una lágrima estuvo a punto de resbalar por su mejilla. Se secó los ojos rápidamente y me miró.

-¿Qué tal dos semanas?- me dijo mientras yo le daba un cálido abrazo pues siempre he sabido que la soledad tampoco era amiga de April salvo cuando viajaba.- ¿Y qué piensas hacer Jamie?

Ahora fui yo el que se perdió en el horizonte. Tenía muy claro el rumbo que debía tomar mi vida. Era todo un cambio. Y estaba convencido que le daría una alegría a April.

-Ya sabes que se acabó para mí la carrera profesional. Mi rodilla está fantásticamente bien pero no soportaría el nivel que exige la alta competición. Eso es historia para mí April. Tengo suficiente dinero invertido y algunos patrocinadores estarían encantados de seguir colaborando conmigo en otras disciplinas. Además, vine aquí huyendo de esa vida. Estaba cansado. Llegó un momento en que no era lo que más me llenaba. Pensé que quizás, sintiéndome libre de nuevo aquí, volvería a tomar las riendas de mi vida por donde yo quería. La competición no te deja disfrutar de la montaña. Las montañas exigen libertad y no tener ataduras para que te lleguen al alma. Y siempre he odiado el mundo que esconde la fama. No me interesa. Nunca lo he querido.

-Si no te conociera diría que ya tienes algo en mente- acertó April.

-Hay una vieja casa en Cooper Landing. Voy a arreglarla para reconvertirla en un pequeño hotel de montaña.

A mi hermana se le abrieron los ojos como platos.

-Y organizaré salidas de senderismo y en canoa para los clientes. Y poco a poco iré ampliando la oferta. Pero para empezar creo que está bien, ¿no hermanita?

-¡Está más que bien Jamie!- April estaba llena de gozo.- Era tu sueño cuando compraste esta cabaña. Ahora puedes cumplirlo. ¿Y sabes qué? Me tienes a mí para lo que necesites, porque para eso también vas a necesitar ayuda femenina- dijo mientras me guiñaba un ojo.

Los cambios a veces asustan, pero si los hacemos con el corazón, no deberíamos tener dudas. La cabeza hay que utilizarla para llevar esos planes a buen puerto. Un sueño, si lo perseguimos con determinación, coraje y pasión, se hará realidad. Controlamos el pasado y el presente, pero el futuro no tiene dueño. Pues bien, yo no pienso así, y creo que el futuro es nuestro si creemos en un sueño, en una meta o en un amor verdadero. Y quizá ya está escrito.

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